Quien se fue a sevilla perdió su silla

No hay nada más molesto que te quiten tu sitio, conseguido con mucho esfuerzo, en un bar lleno, en una reunión con los amigos o en las comidas de tu trabajo. La mayoría de las veces, la respuesta que recibimos es casi siempre la misma: “Quien fue a Sevilla, perdió su silla”.

Esta expresión se usa normalmente para referirse a alguien que al ausentarse de forma temporal de un sitio se le quitan los privilegios, aparentemente sin motivo alguno.

En realidad, la frase correcta es “Quien se fue de Sevilla, perdió su silla”, indicando que la causa del perjuicio no es irse a la ciudad andaluza, sino abandonarla.

Para entender el origen del famoso proverbio, hay que remontarse al siglo XV, durante la época del rey Enrique IV de Castilla. Según la historia, el arzobispo sevillano Alonso de Fonseca, con todas sus buenas intenciones, quiso hacerle un favor a su sobrino, recién nombrado arzobispo de Santiago de Compostela, para solucionar un asunto en la ciudad gallega, que en aquel entonces andaba bastante revuelta. Así que aceptó intercambiar los cargos.

Una vez resuelto el problema, a su vuelta a Sevilla, se quedó estupefacto ante la negación de su sobrino de devolverle “la silla”. El enfrentamiento produjo un gran escándalo en Sevilla. Finalmente, el rey tuvo que intervenir acudiendo a la fuerza para arreglar la situación.

Hoy en día, la expresión se usa con bastante frecuencia, además como fruto de la creación popular, existen versiones de tipo: “Quien fue a Sevilla, perdió su silla, y quien fue a Jérez, la perdió otra vez”, o “Quien fue a Sevilla, perdió su silla, quien fue y volvió, la encontró”.

Sea como fuere, el mensaje está muy claro: nunca dejes algo que te pertenece, porque la pérdida puede resultar muy perjuicial y otros pueden aprovecharse.

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